Testimonios

(Testimonios de padres de niños de la Fundación Carvallo)

Carmen Undurraga (mamá de Andrés Vergara)
Cuando Andrés -el menor de mis 5 hijos- tenía 3 años una psicóloga le diagnosticó autismo. Desde entonces nuestra vida se convirtió en un constante deambular entre siquiatras y neuro-psiquiatras, hasta que por fin -hace sólo 7 años- uno de ellos confirmó el diagnóstico, que previamente muchas veces fue confundido con disfasia.

Entretanto junto a mi marido y mis otros cuatro hijos nos convertimos en una familia bastante atípica, porque nos dejamos de preocupar de aquellas cosas que hoy angustian a la sociedad actual. Eso fue lo positivo. Pero también yo creo que tanta pena que me gatilló la situación de Andrés redundó en que hace ya una década me enfermara de cáncer, del que afortunadamente ya estoy recuperada.

Desde que mi hijo fue diagnosticado, he recorrido todo lo que existe en Chile para tratar a los niños con este tipo de trastornos de comunicación y comportamiento. Al principio, Andrés se quedó en la casa, hasta que encontré un colegio especial para niños con trastornos de aprendizaje, aunque no exclusivamente de autistas, que funcionó bien hasta que le cambiaron la profesora. Como un cambio de escenario los desestabiliza, mi hijo de descontroló por completo, pese a que le cambiaron los medicamentos. Finalmente la situación reventó y lo echaron del colegio. Justo cuando empezaba a desesperarme, llegué a la Fundación Carvallo que desde entonces se ha convertido en mi tabla salvadora.

El trato personalizado es espectacular, Andrés -quien ya va a cumplir 15 años- está más tranquilo y ordenado y lentamente, pese a sus problemas de lenguaje, está hablando más.

Además gracias a la Fundación pude retomar mi vida: me ha permitido seguir trabajando y darle un tiempo de descanso a sus hermanos, quienes habitualmente lo acompañan.

Pero lo más importante es que a Andrés yo lo veo feliz, él cada día se levanta contento para ir a clases.

Otra madre de uno de nuestros niños (Marzo de 1989):

Hace ya casi 7 años que tuve a mi hija.. Que alegría más grande cuando nació, niñita, sana y además preciosa, todo lo que yo quería: empezó a crecer en nuestro hogar rodeada de gran ternura y de todo lo mejor para ella. Junto con su desarrollo -aparentemente normal- comenzó a surgir dentro de mí esa angustia, esa sensación constante de que había algo que andaba mal en ella, algo que no funcionaba era diferente al resto de los niños de su edad.

Al cumplir los 2 años decidimos consultar con médicos especialistas, pensando siempre que la solución era sencilla y se nos diría como poder ayudarla. Fue entonces cuando nos dieron ese diagnóstico… AUTISMO… ¿Qué es eso? ¿Tiene mejoría? ¿Por qué a nosotros? sentimos un dolor muy grande, terrible, se nos desmoronó el mundo y empezó el largo camino: Exámenes y pruebas, nuevas consultas, otras opiniones, los resultados fueron siempre perfectos en lo fisiológico, los pronósticos no eran malos; sin embargo la diferencia, aunque muy sutil, ahí estaba y había que enfrentar la realidad; nuestra hijita era Autista.

Pasó el tiempo y surgió el problema práctico de tener que educarla; faltaba un lugar donde llevarla para poder avanzar e intentar sacarla adelante. Ella asistía a un jardín infantil normal pero llegó un momento en que ya no pudo continuar ahí; surgió entonces la “Fundación Eduardo Carvallo Gundelach, para la Educación del Niño Autista” que para nosotros, para ella y para muchos otros niños y padres es una gran esperanza. Hoy allí está recibiendo la ayuda precisa para su complejo problema de comunicación; además se siente grata y la vemos cómo ha ido creciendo feliz, adquiriendo conductas adecuadas que le van acercando lentamente a las metas que tenemos para ella.

Es una alegría muy grande dentro de estas penas que nos reserva la vida ver como siempre hay alguien que nos tiende una mano. Y nos ayuda en el camino y hace posible que estas obras se lleven a cabo y es entonces cuando uno por fin entiende para que Dios nos mandó esta prueba.

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